Tableta gráfica, Javier Olmedo.

Supongo que el arte comprometido pasó de moda hace mucho. Cierto que para algunas cosas me estoy haciendo mayor. Pero no puedo evitarlo, sus caras me asaltan desde las peticiones de ayuda de las ONG, desde la web, desde la prensa. Rostros que se asoman a través de fotografías, lugares y momentos distintos. Se me quedan mirando y me cuesta seguir con eso que estaba haciendo, me ponen nervioso. Son decenas, miles, ni en cien vidas podría retratar a tantos. Tomo apenas un puñado pero aun así dibujo durante semanas, a empujones, con una mezcla de vergüenza y de impotencia.

Aunque ellos no lo saben, han dejado de ser noticia. Ajenos a nuestras políticas, a cumbres de altos cargos y decisiones geoestratégicas. Tratando de escapar a ninguna parte, esperando.

Los rostros que no vemos