Nabila Rehman, dibujo digital.

Creo que pronto hará tres años que Nabila Rehman volvió a Pakistán. No sé si su intento dio o no frutos, más allá de ayudarnos a recordar que en el mundo hay niños. No sé tampoco qué habrá sido de ella. Pero, al menos a mí, me dejó su mirada.

En octubre de 2012, un dron del ejército estadounidense mató a la abuela de Nabila mientras trabajaba en el campo. La niña tenía entonces 8 años y tanto ella como su hermano fueron heridos en el mismo ataque. Un año después viajaron con su padre a los Estados Unidos para tratar de convencer al congreso de la necesidad de terminar con los ataques con drones no tripulados sobre Pakistán. Finalmente fueron recibidos por un pequeño grupo de congresistas y durante unos pocos días la prensa internacional difundió esta historia, encabezada siempre por fotografías del rostro de la pequeña Nabila. Unos días después volvieron a Paquistán. Amnistía Internacional señalaba que los ataques con drones durante octubre de 2012, mataron a la abuela de los niños y a 18 civiles más.

Los ojos de Nabila Rehman
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