Hace unas décadas aún no éramos conscientes de un montón de peligros. Y ahí tenemos el plomo. El caso es que se funde a baja temperatura y era relativamente barato, así que hice la figura en barro, saqué el molde en escayola y fundí un montón de kilos de plomo, muy probablemente llenando el aire de vapores cancerígenos que me tragué felizmente y sin pensarlo mucho. Me puse mascarilla, eso sí. Después de todo, no podía ser tan malo, ahí estaban los soldaditos de plomo y los niños jugaban con ellos. Lo dicho, éramos unos inconscientes.

Quise darle un tratamiento más bien expresionista. Formas volumétricas con un acabado rugoso, descontrolado, que diese protagonismo al material, al juego del metal que se vierte fundido y se enfría sobre la escayola.

En cuanto a su significado creo que muestra una alegoría fácil de intuir, juega sin llegar a definirse del todo con lo masculino, la fuerza, la violencia, y la mujer. En aquellos años —allá por la década de los 90— trabajaba como educador social con grupos sociales marginados, y me enfrentaba a diario a realidades muy duras. Creo que en el fondo es de eso de lo que habla la pieza.

Debería haber hecho un molde a la cera para que la figura quedase hueca, pero como no lo había probado nunca usé la técnica más común de molde perdido. O sea que, efectivamente, la figura, con sus 25 cm de altura, es de plomo macizo. Cuando se la enseño a alguien nuevo suelo repetir la broma de que si es capaz de alzarla con una sola mano se la regalo. De momento sigue siendo mía.

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Si te resulta agradable visualizar las figuras en fotogrametría 3D, puedes jugar con algunas más en este enlace.

Caballo y mujer en plomo
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