
Hace unas décadas aún no éramos conscientes de los peligros de algunos materiales. El caso es que el plomo se fundía a baja temperatura y era relativamente barato, así que hice la figura en barro, saqué el molde y fundí un montón de kilos de plomo, muy probablemente llenando el aire de vapores cancerígenos que me tragué felizmente y sin pensarlo mucho. Me puse mascarilla, eso sí. Después de todo, no podía ser tan malo, ahí estaban los soldaditos de plomo.
Quise darle un tratamiento más bien expresionista. Formas volumétricas con un acabado rugoso, descontrolado, que diese protagonismo al material, al juego del metal que se vierte fundido y se enfría sobre la escayola.
En cuanto a su significado creo que muestra una alegoría fácil de intuir, juega sin llegar a definirse del todo con lo masculino, la fuerza, la violencia, y la mujer. En aquello años trabajaba como educador social con grupos sociales marginados, y me enfrentaba a diario a realidades muy duras. Creo que en realidad es de eso de lo que habla la pieza.
Debería haber hecho un molde a la cera para que la figura quedase hueca, pero como no lo había probado nunca usé la técnica más común de molde perdido. O sea que, efectivamente, la figura es de plomo macizo. Cuando se la enseño a alguien nuevo suelo repetir la broma de que si es capaz de alzarla con una sola mano se la regalo. De momento sigue siendo mía.
